martes, 17 de diciembre de 2013

Viajes y viajeros para Navidades

En la entrada del instituto se encuentra un variado surtido de libros del proyecto "Viajes y viajeros", disponibles para todos los alumnos, profesores y personal de nuestro Centro. Junto a los ya habituales Phillip Nessmann y Jon Bilbao encontramos clásicos de Verne, Stevenson o London, amén de crónicas de viajes por todo el mundo. Por supuesto están también presentes los libros de la Hora de lectura. Aprovechamos la ocasión para agradecer de nuevo a las editoriales que han colaborado con nosotros de manera desinteresada y desear a todos un feliz y próspero año 2014 (al menos, pródigo en lecturas).

Aquí está la mesa, convenientemente decorada
Los primeros curiosos no tardaron en aparecer...y llevarse libros (tras anotarlo, claro)


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Luz Gabás en Monreal del Campo

No hay quien las detenga. Las chicas de la biblioteca municipal de Monreal del Campo han invitado a Luz Gabás para hablar de su exitosa novela Palmeras en la nieve. Será hoy por la tarde a las 19 horas en el salón de actos del instituto (antigua capilla).


Presentación del libro Cien palabras

Ayer por la tarde pudimos asistir a la charla en torno a los clásicos y su lectura para estudiantes que impartió la catedrática de literatura de la Universidad de Barcelona Rosa Navarro en la biblioteca pública de Teruel. Hoy prosigue su estadía por estos lares y presenta la obra Cien palabras, editada por Edebé. Será a las 19 horas en la Librería Senda. Y allí que volveremos a estar.

    De la charla de ayer nos quedamos con eso de que los profesores de literatura de ahora somos "células de resistencia" dentro del maltrecho sistema educativo español y la constatación de que no se lee, esté adaptado o no, por más que haya gente -como la propia Navarro- que trata de combatir este mal...


martes, 10 de diciembre de 2013

Premio Especial de la Biblioteca: Secretos guardados bajo mano


Constituye una inmensa alegría poder conceder el Premio Especial de la Biblioteca al relato Secretos guardados bajo mano, escrito a cuatro manos (nunca mejor dicho) por nuestras compañeras Isabel Cuesta (Lengua castellana y Literatura) y Esperanza Miravete (Ciencias Sociales), que firman como "las damas de la torre caída"...



   Se dice, se cuenta, se oye… que en un frío pueblo de una provincia inexistente, donde nadie se quitaba los guantes, ocurrió un extraño suceso.

   Poco a poco, y sin que la gente apenas se diera cuenta, en las orillas del río se empezaron a acumular unos pequeños residuos. Al principio apenas era perceptible, tan solo unas docenas, pero más tarde se convirtieron en cientos, miles… formando pequeñas montañas pardas. Los aldeanos, preocupados y alarmados por el nauseabundo olor que aquellas “cosas” emitían, decidieron bajar al cauce para averiguar qué era. El más audaz cogió unas muestras en una probeta para llevarlo a analizar a los laboratorios Plumed, situados en la ciudad. El diagnóstico fue rotundo: se hallaban ante restos de uñas; uñas humanas.

    En el pueblo cundió el pánico. ¿Cómo había llegado hasta ahí esa ingente cantidad de uñas? Un grupo de valientes hombres, liderados por el alcalde, se propuso remontar el río para encontrar el origen de estos… desechos. Así llegaron a “Los Ojos”, una surgencia natural. De los diez expedicionarios solo volvieron nueve. Los hombres alegaron que se había perdido, ya que esta zona se hallaba ahora inaccesible y anegada por el barro. Inmediatamente, prohibieron el paso a todo vecino.

    Al día siguiente, a la altura del molino, el cuerpo inerte del hombre apareció flotando en el agua. Estaba desnudo y con las pupilas desorbitadas; pero lo más inquietante eran sus manos: le faltaban todas las uñas.

    Cuando las campanas daban las tres, las manos enguantadas de los hombres sacaron a aquel infeliz del agua, descubriendo una extraña inscripción tatuada en la palma de la mano. Decía así: “Oculum per oculum; ungula per ungula”.

    Como nadie conocía el significado de estas palabras, las mujeres fueron a preguntar a una nonagenaria ciega que vivía sola en una casa de las afueras. Ella les estaba esperando; les dijo que era el castigo que los hombres de este pueblo merecían desde tiempos inmemorables.

    Fue en el siglo XVI, valiéndose de la Inquisición, unos hombres pudientes condenaron a unas mujeres por negarse a yacer con ellos o valerse de un varón para vivir. Ofendidos, llamaron al Justicia y declararon que éstas hacían conjuros al diablo y otras argucias. Su mera palabra fue suficiente. En los fríos sótanos del ayuntamiento fueron atadas y torturadas, arrancándoles una uña por cada día que no confesaban su vinculación con el Maligno. Finalmente, tras veinte días de agónico sufrimiento, sus cuerpos ardieron en la hoguera; pero ellas habían jurado venganza. Durante siglos sus almas habían vagado por el pueblo extirpando incansablemente las uñas de los hombres que trataban de forma injusta a las mujeres. Tal había sido su trabajo y su tesón que uno de los ojos del río había llegado a colmarse.

   Se dice, se oye, se cuenta, que bajo los guantes de estos aldeanos se encuentran unas manos deshonestas, terminadas… no en dedos, sino en muñones. 


Las damas de la torre caída

Segundo accésit: La noche oscura

Llega el segundo accésit del concurso. Su autor es Abdessadek El Bassite, de 4º de Diversifiación, con el relato La noche oscura, que poco tiene que ver con la otra noche oscura de San Juan de la Cruz... La imagen y la música tampoco guardan relación con el relato, pero nos gustan.



                     Edvard Grieg: Peer Gynt, En la gruta del rey de la montaña, op. 46.

    A principios del verano mi familia y yo decidimos ir a vivir unos días en una cabaña entre los árboles. A la mañana siguiente mi hermano Frank, mis padres Ana y Pedro y yo recogimos todas las cosas que necesitábamos durante esos días, salimos de casa a las diez de la mañana y no tuvimos ningún problema durante el viaje. Llegamos por la tarde, y como ya era casi de noche, habíamos dejado el equipaje como estaba, pasamos esa noche en un motel que había cerca de la cabaña. Cuando amaneció nos fuimos inmediatamente a la cabaña: era muy bonita pequeña y de color verde; entre todos bajamos el equipaje y lo ordenamos. Sobre las dos de la tarde ya habíamos terminado todo el trabajo. 
     Mientras que mis padres hacían la comida, Frank y yo estábamos con ganas de ver el lugar, los animales, las otras cabañas…, así que nos fuimos a dar una vuelta, pero teníamos un poco de miedo porque no conocíamos el lugar. Tras dar esa vuelta, cuando regresábamos a casa conocimos a una chica conocida Akeita, era una chica simpática, rubia, ojos azules y un poco más alta que yo. Se veía que esa chica no tenía miedo a ninguna cosa... Se acercaba la hora de comer, volvimos ya cansados, comimos y nos echamos la siesta. Dormimos un rato y mi madre me levantó diciéndome que Frank salió solo. Entonces salí corriendo, sabiendo que se iba a perder, pregunté a mucha gente pero no lo habían visto. Entonces me fui a la cabaña de Akeita y ahí estaba mi hermano. 
     Pasé mala tarde y dormí como un oso, me levanté un rato para ir a beber agua en la cocina. Mientras volvía a la cama oí un grito enorme, me asomé a la ventana y vi a una chica vestida de blando mirándome fijamente; se me pusieron los pelos de punta, volví a la cama a toda pastilla, tapándome con la sábana, creía que haciéndolo se me pasaba el miedo pero me confundí, quedé rezando un buen rato y al final pude dormir. Cuando amaneció les conté a mi familia lo que vi, pero me decían que era una pesadilla. Salimos a jugar Frank, Akeita y yo al escondite, ellos se lo pasaron bien pero seguía pensando en los de ayer. Nos aburríamos de tanto jugar al escondite y pedimos permiso para dar un paseo entre los árboles de aquel lugar. Frank y Akeita no se habían cansado de andar, pero yo sí y les pedí dormir en el pie de la montaña. Aceptaron esa idea y cada vez que digo la palabra dormir recuerdo a esa chica vestida de blanco. Esa noche a ratos me despertaba para ver si venía pero no coincidimos ninguna vez, tenía la sensación de que me seguía. 
     A la aurora no levantamos para volver a la cabaña, pero Akeita no estaba, Frank gritaba y gritaba llamando a Akeita. Le pedí a Frank que me siguiera por detrás de mí para que no se perdiera, buscando y buscando en esa silenciosa mañana y muriéndonos de miedo, no podíamos regresar a las cabañas sin Akeita. Me giré para ver cómo se encontraba mi hermano pero no estaba, me puse nervioso, me puse a llorar  mientras no paraba de mirar a todos los lados.

     Quedaba un poco para anochecer, busqué un lugar seguro para que no me atacara nadie, no quería dormir, me quedé vigilando a ver quién era el que se llevaba a las personas. Tras un rato de vigilar vi otra vez a esa chica vestida de blando, tenía unos ojos grades y oscuros. Sentí que me había visto; cada paso que daba, más miedo tenía, cuando estaba al lado de mí, estaba a punto de morir.

-¡Hola! Dijo ella. Yo medio muerdo le dije:

-Hola.

-¿Tienes miedo?

-Sí.

Tras esa conversación ella no dijo nada más, me miraba pero yo no me atreví a mirarle más, metí mi cabeza entre mís pies me calle, oí una voz que decía "¡no te muevas, déjale hacer todo lo que quiera!". Cuando saqué la cabeza, ella ya no estaba. Me levanté y corrí y corrí a toda velocidad para alejarme de ese lugar; luego me encontré con mis padres que andaban buscándonos, les abracé a los dos, les expliqué todo lo que me había pasado. Mientras les estaba explicando y mirándoles fijamente se habían ido transformando en zombis, ¡no me lo podía creer!, no había otra opción que seguir corriendo, mientras corría vi a las cabañas y fui a pedir ayuda a los padres de Akeita. Toqué la puerta:

- ¿Quién es?

- ¡Auxiliooooo, socorrooo!

Cuando me abrieron la puerta vi que todos eran zombis y cuando me cogió el padre del cuello… me levanté y vi que era mi madre la que me levantaba, era una pesadilla.

Me dijo mi madre que estaba gritando y hablando en la cama y yo feliz de que eso no era lo real la abracé y le conté lo que me pasó. Era aún de noche y por ello mi madre volvió a la cama, me levanté y fui a abrir la ventana para que entrara el aire, ¡mamáááá la, la chica, otra vez!...

jueves, 5 de diciembre de 2013

Primer accésit: Una pesadilla que nunca olvidaré

Llegamos al tercer premio. La ganadora es Andrea Cebrián Betes, de 3º ESO A, con el relato Una pesadilla que nunca olvidaré. Para ambientarlo un poco añadimos una banda sonora ad hoc y una imagen, que tal vez no pegan ni con cola, pero nos han gustado. 

                                            Mussorgsky: Una noche en el monte pelado


    Sinceramente, yo no creía en fantasmas, brujas, y otras cosas como estas, pero desde aquella noche, me empecé a preocupar… Era 31 de octubre, víspera del día de Todos los Santos. Desde primera hora de la mañana estaba preocupada por algo pero no sabía por qué. Aún sentía una terrible angustia desde que mi padre había muerto y sería la primera vez que iba a visitarlo al cementerio. 
     Como no sabía a qué se debía esta terrible angustia me fui al instituto. Llegué al instituto cinco minutos antes de que tocara el timbre para entrar a clase. Todo el mundo estaba extraño: mis amigos no saludaban, todo el mundo estaba sentado dentro de clase con los libros encima de la mesa, todo esto me parecía muy extraño. 
   Me senté y pensé sobre todo lo sucedido. Pronto llegó Blanca para darnos clase de lengua, y ella también estaba extraña. Llegó a clase y escribió en la pizarra los ejercicios que teníamos que hacer. Al instante todo el mundo s puso a hacerlos sin hacer las típicas preguntas de: "¿Se hacen con boli o con lápiz? ¿Hay que copiar los enunciados?"… Yo también me puse a hacerlos. 
      Cuando los terminé no sabía qué hacer, por eso me quedé callada y me puse a hacer los deberes de matemáticas, pero no los había hecho porque no sabía cuáles eran. Como tenía a Reyes al lado le pedí que me los dijera y ella sin decir nada me acercó a agenda. En esta el día 31 de octubre estaba tachado, cosa que aún me asustó más. Me copié los deberes en la agenda y se la devolví. 


      Pronto llegó la siguiente clase y todos los profesores estaban igual y mis amigos también. Pasaban las clases y todo igual. Llegó la hora de irse a casa y la gente salía tranquilamente y sin hablar, me fui a casa asustada. Al llegar a casa me di cuenta de que mi madre no había hecho la comida y como ella también estaba rara, no le dije nada. Cogí un trozo de pan y me fui a my habitación a hacer los deberes; eran pocos pero intenté pasar el mayor tiempo haciéndolos para intentar darle un sentido a todo lo que había pasado. Terminé a las nueve. Y había intentado sacar una conclusión: todo esto podía haber sido una broma de la gente. Yo me fui con esa idea a la cama. Al cabo de las horas no podía dormir. Cuando al final me quedé dormida seguí con el mismo rollo de todo el día y tue una terrible pesadilla, era perseguida por la gente del instituto hasta mi casa. Mi madre también estaba con ellos. 
     A la mañana siguiente era el día 1 de noviembre. Todo había cambiado, la gente ya no estaba rara, los profesores explicaban, la gente estaba armando barullo… Todo volvía a ser como siempre. Pasaron las clases y solo notaba una cosa rara, hoy el cielo no era azul estaba más bien verdoso, con toques grises. Llegué a casa las 3 como siempre y me puse a comer y a la vez a ver las noticias. Hubo un momento de silencio y de repente se fue la televisión. Me asomé a la calle y había unas personas raras cortando los cables de la luz. Les llamé La atención y... se dieron la vuelta y… eran espantosos, se parecían a alienígenas, pero todavía era peor, tenían una voz robotizada. Corriendo me metía a casa y se lo conté a mi madre. Me dijo que ya lo sabía pero que ya lo sabía pero que ella no podía decir nada, y al momento volví a ver en su rostro aquella horrenda cara que le vía al hombre de la calle. 
        Empecé a correr en dirección en dirección a la calle y no paré de correr hasta llegar a la carretera, y… un coche, un coche, corre, corre, levanta, Andrea, despierta, va, que llegaras tarde, venga arriba,… Era mi madre, y, estaba en la cama, ¿cómo podía ser si hacía un instante estaba a punto de que me atropellara un coche?… 
     Al rato lo comprendí todo: todo esto había sido una pesadilla, fruto de una película de miedo que había visto antes de irme a dormir. Fue espantoso.

martes, 3 de diciembre de 2013

Segundo Premio: Bendita maldición

Tras la doble ceremonia de entrega de los Premios de los Relatos de Terror de la Biblioteca del IES Salvador Victoria (véanse las fotos), procedemos a la publicación del segundo de los textos premiados. En esta ocasión se trata de Bendita maldición, de David Garcés, de 4º ESO A.











   “Bendita maldición”, ésa es la última frase que leímos de mi abuela, la única nota que dejó antes de quitarse la vida. Nadie lo entendió, todos pensábamos que era feliz y fue una tragedia . Pensar que el día anterior había hablado con ella a la salida de el instituto... aún no me podía creer que se hubiera suicidado, era feliz me lo repetía una y otra vez. Seguí yendo a casa de mis abuelos, pero ya nada era lo mismo sin ella. Mi abuelo entró en un estado depresivo, nunca aceptó su suicidio, se repetía constantemente que todavía estaba viva en un intento de compadecerse a sí mismo. Ese pensamiento le llevó a ir a “El Carmen”, todos los días la visitaba en ese cementerio, también estaban enterrados allí sus padres pero nunca los visitaba siempre iba a su lápida, dejaba las flores y al retirar las ya marchitas cogía una rosa muerta y la ponía encima de unas notas que llevaba diariamente. Nunca nos dejó verlas ni quisimos hacerlo, hubiera sido tan fácil ir al cementerio y mirar lo que había escrito, pero nunca lo hicimos simplemente respetamos su decisión, lo vimos como una forma de comunicarse con ella, un modo de intentar darle vida como si ella pudiera verdaderamente leerlo. Pero no era así, nunca fue así, ella ya solo era un recuerdo de un día mejor.
    Siempre pensé que él actuaba así no por su muerte sino por la forma de quitarse la vida, mientras mi abuelo dormía bajó al primer piso y cuando nadie la vio empapó su ropa con aceite. Solo fue necesaria una cerilla y todo acabó. Quizás era por eso que su recuerdo estaba tan vivo, cuando la encontramos todavía estaba ardiendo. Su piel se había derretido mientras moría lenta y dolorosamente, solo quedaron sus huesos, por eso tomaron la decisión de simplemente enterrarla. Incinerarla habría sido demasiado duro, ver sus cenizas cada día y pensar que así acabo su vida... no creo que mi abuelo lo hubiera aguantado, ni él ni nadie, nos habría vuelto locos a todos.
    Los días pasaron, las semanas y los meses y cada día se deprimía más y más por la muerte de su esposa hasta que llego el momento fatídico. Como de costumbre pasé por su casa al salir del instituto, antes me gustaba ahora simplemente iba porque mis padres me lo pedían pero no era lo mismo, intentaba sonreír pero su rostro rápidamente se llenaba de lagrimas, pasaban las horas y nunca hablábamos de nada simplemente mirábamos la televisión para tratar de evitar conversaciones inoportunas. Un día mas como cualquier otro se presentaba, un día de sonrisas falsas y horas muertas, pero esta vez no fue así. Llamé al timbre una dos y tres veces y al no obtener ninguna respuesta saqué la llave que llevaba en un bolsillo de mi mochila, abrí la puerta y la imagen que vi me congeló por completo. Él estaba tendido en el suelo con un cuchillo clavado en el corazón, me quedé horrorizado al ver esa imagen, salí corriendo de la casa y llame a mi madre por teléfono. Intenté contarle lo que había pasado pero solo era un niño, estaba demasiado nervioso, mi voz se entrecortaba con las lágrimas, mi madre trataba de tranquilizarme pero no podía hacerlo, esa imagen me perseguía no podía olvidarlo así que simplemente intenté respirar profundo como ella me decía y le dije como pude “El abuelo...” . Me dijo que no me moviera de allí y colgó, supuse que hablaría con su jefe y vendría pero cómo podría quedarme parado sabiendo que mi abuelo estaba dentro, muerto, no podía creérmelo... Ayer había hablado con él y no parecía que fuera a hacer algo así. Tras unos cuantos minutos llegó mi madre en su coche, intentó ser fuerte y no llorar pero no pudo evitarlo, me abrazó y nos echamos a llorar. Ninguno de los dos creía lo que acababa de pasar, sabíamos que estaba triste pero no para llegar a ese punto, intentó que no pensara en ello, me preguntó como me había ido el día en el colegio, que había hecho, intentando quitarle importancia, pero la realidad era la que era: mi abuelo se había suicidado.
      Entramos a la casa y la imagen era todavía mas macabra si cabe, el suelo estaba empapado de sangre. Murió rápidamente, al menos eso era un consuelo, pero al clavarse el cuchillo en el corazón perdió mucha sangre. Estábamos horrorizados por la imagen, intentaba no mirarlo, era demasiado duro, pero no se porque, quizás por esa picardía de la juventud, echaba vistazos fugaces a su cuerpo hasta que vi que como mi abuela también él dejó una nota, la llevaba en su puño izquierdo arrugada y con grandes manchas de sangre, algunas palabras eran ilegibles, estaban empapadas y la tinta se había emborronado, lo único que pude leer fue: “Amada, las sombras en las que vivo son infinitas pequeñas flores blancas que nunca te despertarán, de allá donde el coche de la tristeza te ha llevado los ángeles no tienen pensado devolverte ¿Se enfadarán si me reúno contigo? Entre las sombras pasaré, mi corazón y yo hemos decidido acabar con todo, pronto habrá velas y oraciones tristes lo se. Dejaré que no haya lágrimas, dejaré que sepan que estoy feliz de irme”.
      El resto no se podía leer, había unas cuantas frases mas y intuí que finalizó con la misma frase que mi abuela, “Bendita Maldición”, pero nunca lo supe, solo era una imaginación, ya nada podíamos hacer por él y la imagen era verdaderamente repugnante así que nos limitamos a salir de la casa, avisar al tanatorio y llamar a los familiares, no podíamos hacer nada más, era triste pero cierto, ojalá hubiera sido de otra manera. Le dimos un entierro cristiano, nadie en mi familia era creyente pero supongo que era reconfortante pensar que habría algo mas tras su muerte, que tendría “otra vida”. Pensar que después de la muerte no hay nada, que todo se acaba, que es la destrucción total, quizás todavía no lo podíamos asimilar. Con mi abuela habíamos hecho lo mismo y desde mi inocencia siempre esperé que así fuera, que ciertamente hubiera algo después de morir.
    Pero el tiempo pasa y las heridas se cierran, al principio les llevábamos flores a ambos, estaban enterrados juntos como ellos querían pero los días pasaron, los meses, los años... y con el tiempo paso a ser mas una tradición que un recuerdo. Yo empecé a no ir a visitarlos y mis padres finalmente solo los visitaban el día de “Todos los Santos”, aunque algunos años no iban ni por esa fecha. Intentábamos justificarnos a nosotros mismos diciendo que llevábamos una vida muy ajetreada y nos era imposible ir a sus tumbas. Continué mi vida y acabe mis estudios en el instituto, nunca pude presumir de mis notas pero si fueron lo suficientemente buenas para permitirme aprobar sin demasiado esfuerzo. Aún recuerdo el ultimo día de clase, me dieron las notas y fui entusiasmado a contárselo a mis padres, había aprobado, pero no se cómo ni por qué acabé en la puerta de mis abuelos. Hacía mucho que no pasaba por allí, desde la muerte de mi abuelo. Supongo que mi subconsciente me traicionó y me llevó allí, quería contárselo, estaba feliz, quería compartir ese momento pero ellos no estaban, hacía demasiado tiempo que ya no estaban. Cuando él murió simplemente cambié mi ruta para ir a casa, no quería pasar por su puerta, no quería recordar pero no me moví de allí, estaba simplemente quieto frente a su puerta con un sinfín de pensamientos. Podía ver sus muertes parecía tan real, solo era un niño pero recordaba hasta el último detalle. Quería irme pero no
podía quitar la mirada de esa funesta casa, seguía igual que siempre, nada había cambiado, las paredes, la puerta, todo estaba como el último día, simplemente la cerraron para siempre. Mis padres nunca quisieron usarla ni venderla, no se si fue por miedo a que la gente pensara que era una “casa encantada” por las muertes que había vivido, como si de una película se tratara, ojalá solo hubiera sido una casa encantada, ojalá... Estuve pensando unos minutos más y simplemente me fui a celebrar mis notas con mis padres intentando dejar esos pensamientos atrás.
     No volví a saber de aquella casa en muchos años, nunca la nombrábamos, todos pensábamos, aunque solo fuera fugazmente, en ellos pero simplemente nos lo guardábamos para nosotros mismos. Encontré trabajo en un pueblo cercano a Valladolid y me mude allí con mi pareja dejando atrás todo, mi familia, mis padres, mi amigos, fue una etapa de mi vida maravillosa nunca lo negué pero tocó a su fin. Tenía un trabajo estable y quería comenzar a pagar una casa para poder tenerla en unos años, todo transcurrió con normalidad, mi pareja y yo teníamos una muy buena relación y en el trabajo me iba francamente bien, los años pasaban y todo iba fenomenal, hasta aquel 25 de octubre. Estaba en casa de la familia de mi pareja cuando nos llamaron diciendo que mi padre estaba muy grave en el hospital, nos disculpamos y salimos corriendo para ver a mi padre, no nos habían dado apenas explicaciones pero tenia miedo a perderlo, sabía que era mayor y podía tener cualquier problema y morir, pero esperaba que no fuera nada simplemente un susto, tras unos días volveríamos a casa y todo seguiría con normalidad. Llegamos a su habitación y mi madre estaba llorando sin parar, él la intentaba consolar, todavía no sabía que pasaba así que me limité a abrazarla y consolarla un poco. Cuando ya estuvo un poco más calmada me contaron lo que pasaba, mi padre tenía un cáncer de páncreas muy avanzado y no había ninguna cura, iba a morir la pregunta era si en unas horas, días, semanas... Lo único que podíamos hacer era estar con él hasta el final. La primera noche mi madre estuvo con él porque yo no sabía nada pero esta noche me quedaría yo. Mandé a mi pareja y a mi madre a casa, de nada servía que estuviéramos tantas personas allí. eso no iba a solucionar nada y mi madre a su edad debía descansar. La primera noche transcurrió bien, apenas pegué ojo pero él parecía que descansaba y se recuperaba, el final iba a ser el mismo pero quizá así podríamos disfrutar un poco mas de él, ojalá. Por la mañana vino a relevarme mi novia y yo me fui a descansar un poco, no pude dormir, debía estar atento por si pasaba algo así que me fui a casa y descanse un poco.
    Así trascurrieron los días siguientes, nos intentábamos turnar mi novia y yo para cubrir las 24 horas, aunque era matador y alguna mañana se quedaba mi madre con él, pero tras unos días no pudo mas y murió. Estaba con él, intentaba dormir y yo estaba leyendo un libro en esas horribles butacas del hospital, no parecía que le pasara nada simplemente dejó de respirar, me enteré de su muerte horas mas tarde cuando una enfermera vino a cambiarle el gotero, en ese momento no podía creérmelo. Habíamos hablado de ir a Madrid a un restaurante que le encantaba para celebrar su salida del hospital, solo hacía unas cuantas horas de eso y ahora todo se desvanecía. Un sentimiento de culpa me embargó, no lo había visitado apenas estos últimos años y ya nunca mas podría hablar con él, no pude mas me eché a llorar y salí de la habitación, llamé a mi novia y a mi madre y les conté lo que había pasado, no tardaron más de media hora en llegar. Cuando estuvimos todos nos dieron el pésame y nos preguntaron que queríamos hacer con el cuerpo, lo único que pudimos hacer fue enterrarlo y después de aquello cada cual intentó seguir su vida, cada cual volvió a su casa y todo continuó igual para todos excepto para mi madre, la muerte de mi abuelo había sido un detonante para la depresión latente que tenia lo cual la llevó a empeorar su salud, comenzó a “dejarse llevar” hasta tal punto que no podía hacer ni su propia comida. No podía seguir así, cada vez estaba peor, así que decidimos internarla en una residencia de ancianos. Era lo mejor allí la cuidaban y la trataban bien, íbamos a verla de vez en cuando y la verdad es que se le veía realmente feliz, aunque era insostenible, era demasiado caro, sus ahorros se acabarían pronto y eran casi 2000 euros mensuales que no podríamos permitirnos cuando ella ya no tuviera dinero. 
     Solo había una manera de hacer frente a los pagos... debía vender la casa de mis abuelos. Mis padres nunca quisieron pero no había otra manera. Había que limpiarla a fondo, debía quitar todos los cuadros, empaquetar los recuerdos... todo, sabía que no seria fácil pero sí necesario, ya estaba decidido al día siguiente iría a su casa y comenzaría a limpiar. Hacía años que no pasaba por allí, desde mi último día en el instituto pero las circunstancias lo requerían. Me desperté temprano y fui rápidamente a la casa, la fachada tenía la pintura desconchada y la puerta estaba llena de hojas y polvo, nadie la había limpiado hacía mucho y por dentro era todavía peor. La casa estaba llena de telarañas, polvo, humedades.... me esperaba un largo trabajo, aunque lo primero era airear la casa y pintarla entera. Me llevó unos días y cada vez era peor, no me importaba trabajar pero los pensamientos que me asaltaban cada vez que pasaba por donde habíamos encontrado a mi abuelo, o cuando tuve que pintar la pared todavía quemada de mi abuela... me estaba volviendo loco y no mejoró cuando tuve que empezar a quitar sus cuadros y fotografías, todo me recordaba a ellos así que decidí dejar eso por un tiempo y empezar por la cocina, tirar todo, guardar los platos... 
    Había muchas cosas que hacer, todo era comida caducada de hacia años y los platos y vasos estaban para tirar, la mayoría estaban resquebrajados o simplemente rotos, aunque mientras recogía encontré algo extraño dentro de un frasco cerrado. Había unas hojas de lo que parecía perejil y tenia una pequeña nota pegada en la que ponía “Ambrosía, Bendita Maldición”, la frase que me había perseguido durante años junto con una palabra desconocida aun para mi “ambrosía” quizá eso podría decirme algo más de la muerte de mis abuelos, así que deje todo tal y como estaba y me marché a casa para intentar recopilar un poco más de información de mi hallazgo. Cuando llegué saludé a mi novia y le dije que tenia que buscar una cosa para el trabajo, aun no la quería alarmar porque no sabía siquiera si tenia importancia. Navegué por varias páginas y acabé en la típica “Wikipedia”, pero lo que encontré me heló la sangre. Según la mitología griega era el alimento de los dioses y su significado era “inmortalidad”, en cada sitio encontraba una cosa que se contradecía con la anterior, no sabía ya que creer lo que estaba claro es que era solo una leyenda. No era real, no era posible, si fuera así mis abuelos no estarían muertos ahora mismo, pensé intentando convencerme, pero solo había una manera de comprobarlo así que cogí una de esas pequeñas hojas y la tragué como pude. Nada cambió, todo seguía igual, tan solo fue una broma de mal gusto, así que seguí mi vida tal y como hasta ahora, terminé de limpiar la casa y la vendí a un precio bastante aceptable, lo que permitió que mi madre terminara su vida en la residencia. Llegó a un punto en que el Alzheimer acabó con ella, un día te conocía y al siguiente ya no, hasta que llegó su muerte. Quizás esté mal decirlo pero no sufrí tanto como con mi padre, era ya una anciana y sabía que este momento iba a llegar, esperaba su muerte, así que fuimos al cementerio y la enterramos. 
      Mis familiares me dieron el pésame y todo siguió igual, le tenía cariño a mi madre pero la residencia nos había distanciado mucho, al final apenas la veía así que tampoco me importo demasiado. Continué con mi trabajo, con mi vida... pero duró poco. Como siempre algo dio un nuevo vuelco a mi vida, pensaba salir con mi mujer a cenar una noche, estaba radiante y yo también intente prepararme lo mejor que pude para la ocasión, cogimos el coche y fuimos a un restaurante cercano que a ambos nos gustaba, cenamos, nos divertimos, bebimos, fue una noche maravillosa. Cogimos el coche y volvimos a casa pero yo estaba muy bebido y aunque le decía que si podía conducir no era cierto, a tan solo unos minutos de casa chocamos contra el guardaraíl y no llevábamos el cinturón. Ella salió por la luna del coche y acabó a varios metros, lo único que “agradezco” es que murió en el acto. Yo me clave los cristales que se habían desprendido del impacto y me desangré, ambos morimos en ese accidente, la única diferencia es que yo puedo escribir mi pasado y como llegue aquí, al final tenían razón mis abuelos proporcionaba la inmortalidad. Mi cuerpo murió en ese accidente, ya no cumplía las funciones vitales, pero yo seguía sintiendo.
    Mi cuerpo es débil mi corazón no bombea sangre y mis manos apenas me dejan escribir estas últimas palabras, estoy atrapado entre un amasijo de hierros, pronto llegarán los bomberos me sacaran y encontraran a mi mujer, nos enterrarán y darán el pésame a nuestros familiares, siempre la misma historia, pero yo tendré que vivir eternamente con esta maldición. Mi cuerpo se descompondrá, hasta que solo queden mis huesos, estos den paso a las cenizas, las cenizas al polvo y el polvo a la nada. Mi cuerpo ya no existirá físicamente pero yo os recordaré toda la eternidad: abuelo, abuela, papá, mamá, mi dulce mujer... seréis mi dulce tormento durante toda la eternidad, ahora os entiendo abuelos era demasiado duro saber que viviríais para siempre y queríais ponerle fin a todo, dejar de pensar, de sentir, de existir... Pero os condenasteis a la misma pena que yo, saber que nunca vas a morir, que podrás hacer lo que quieras, que pasarán los años y seguirás allí, es una dulce bendición ¿verdad? Pero luego los deseos no se cumplen, el cuerpo sigue su camino, envejeces y te vuelves más débil, tu cuerpo muere y ya solo te queda pensar, sufrir para siempre, por eso nunca aceptaste la muerte de la abuela ¿verdad? Ella nunca murió, todavía sigue viva condenada a la misma pena que nosotros dos, a la misma maldición, solo nos queda ya el sufrimiento durante toda la eternidad, no tengo fuerzas para seguir mi mano ya apenas responde, mi cuerpo a muerto, yo viviré eternamente, Bendita Maldición.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El valor y el miedo (Primer premio)

Comenzamos con la publicación de los ganadores del concurso de relatos de terror. La ganadora es Blanca Lázaro, de 1º de bachillerato, con "El valor y el miedo". Aquí está:



    Félix era un joven famoso en el pueblo por su gran valentía. En su grupo de amigos siempre destacaba por ser el más directo, dejando a los otros chicos inferiores frente a cualquier situación. Aunque eran buenos amigos, los demás chicos estaban hartos de su atrevimiento, y de que siempre los dejara a la altura del betún.

   Un día de verano, todos se pusieron de acuerdo para presentar a su compañero un nuevo reto que exigía mucha valentía. El mayor y más fuerte del grupo, Simón, le dijo a Félix: “Apuesto lo que quieras a que no te atreves a entrar en la posada abandonada de la colina.” Félix recordaba las leyendas que había oído sobre ese caserón de apariciones, ruidos extraños, y la desaparición de un grupo de excursionistas que no conocían la zona. Sin embargo, eso no le intimidaba en absoluto. “Apuesta pues lo que quieras, os demostraré de lo que soy capaz”.

    Aquella misma noche, los chicos subieron a la colina donde se encontraba la posada. Félix cargaba en su mochila con todo lo necesario para la aventura: saco de dormir, linternas, una navaja, y hasta un amuleto inca de su abuela que, según decía, ahuyentaba a los malos espíritus. Decidió llevárselo a pesar de que no creía en fantasmas ni en ningún tipo de criatura extraña.

    Cuando llegaron a la cima de la colina, se quedaron observando detenidamente el viejo caserón, sin habla. Muchos cristales estaban rotos, la fachada agujereada por el tiempo, y la vegetación se estaba comiendo la casa. Aparentaba estar completamente deshabitada. Félix tragó saliva y Simón sonrió: “Sabes que aún puedes echarte atrás.” Félix lo miró y dijo confiado: “Entraré.” Se dispuso a abrir la puerta, y Simón le replicó: “En ese caso, vendremos a primera hora de la mañana para ver si no has salido corriendo y nos contarás qué hay ahí dentro.” Sin más palabra, el grupo se perdió en la oscuridad y Félix encendió su linterna. La noche era clara. El joven empujó la puerta delicadamente y ésta cedió al instante. Un crujido sonó mientras la abría, y pensó que había estado cerrada durante años. El interior estaba oscuro, un largo pasillo con habitaciones a ambos lados. Las tablas de madera emitían a su paso un crujido semejante al de la puerta. 

   Se internó en la primera habitación a mano derecha, en la que solo había una mesa llena de polvo y una pequeña ventana sobre una cama vieja y húmeda. Félix depositó sobre ella su saco de dormir y se tapó con la manta. Se preguntaba qué había acabado con la vida de ese lugar, y pensó en la guerra instintivamente. A pesar del frío que hacía en el interior del caserón, le pareció que todo estaba normal. Pensó que las leyendas pueblerinas estaban equivocadas sobre esa posada, no había nada interesante allí. Con estas ideas en la cabeza, cayó dormido.

     Tras un sueño que le pareció eterno, abrió los ojos y advirtió una luz fuera, pero al mirar por la ventana aún era plena noche. Sin embargo, no era eso lo que le había despertado, sino un extraño ruido proveniente del pasillo. Parecía como si alguien estuviera arañando madera. Félix se levantó, cogió la linterna y fue a investigar. “Será algún animal atrapado”, pensó. Había cogido su navaja por si el animal estaba herido o quisiera defenderse. El ruido venía de la puerta de entrada, así que avanzó hasta ella y, sin pensar, la abrió.

    No había absolutamente nada. Extrañado, volvió a su cuarto para volver a dormirse, cuando le pareció oír un susurro de voces en una de las habitaciones. Pensó que, como en la puerta, se lo habría imaginado, pero las voces cada vez eran más cercanas. También le pareció oír pasos. Empezaba a pensar que no sería tan sencillo como imaginaba pasar la noche completa allí. Avanzó hasta el marco de la puerta de la habitación, y al asomarse, vio una luz encendida en la habitación del final del pasillo.

    Avanzó con cautela, recogió su saco de dormir y se echó la mochila a la espalda. Había decidido instalarse en otra habitación del margen izquierdo del pasillo que parecía más segura. No sabía que, fuera lo que fuera lo que habitaba aquella casa, lo tenía exactamente donde quería. Cruzó el pasillo con rapidez de una estancia a otra, observando que se había encendido de nuevo una luz. No se paró a pensar que el tendido eléctrico de aquella casa no funcionaba porque estaba abandonada.

    Una vez en la habitación, dejó su mochila en un rincón y tendió en el suelo su saco de dormir. Se introdujo en él y cerró los ojos con fuerza. Las voces, los ruidos y los pasos aumentaban de tono. Se estaban acercando. Félix, por primera vez en muchos años, tenía miedo de verdad. De repente, sonó una voz en su oído, que con un susurro le advertía: “No nos gusta tener extraños en casa…” Aquello le dejó helado. Era una voz fantasmagórica, idéntica a todas las que había oído en el pasillo. Deseaba con todas sus fuerzas que lo vivido esa noche solo fuese una horrible pesadilla.

    Fue entonces cuando abrió los ojos y se miró a sí mismo. Su cara estaba pálida y empapada de sudor, con unos ojos que experimentaban una gran sensación de terror. Y luego sonrió. Aquello sí que le heló la sangre. Su reflejo en aquel espejo le estaba sonriendo, y no era una sonrisa cualquiera, sino una sonrisa terrorífica, mostrando los dientes con una expresión demoníaca. Estaba perdido.

    A la mañana siguiente, como habían prometido, sus compañeros fueron a esperar a Félix en la cima de la colina. Una vez en la posada, sus rostros se llenaron de pánico, y rápidamente avisaron a la policía y a los vecinos del pueblo.

    Cuando llegaron, vieron a Félix tirado en el suelo junto a sus pertenencias y rodeado por los fragmentos de una teja rota. Al parecer, el deprimente estado del tejado de la casa le había buscado un mal final al joven. O eso creía la gente. También descubrieron que agarraba con fuerza un objeto en su mano derecha: un amuleto inca que, al parecer, ahuyentaba a los malos espíritus. Se lo llevaron en una ambulancia, pero de nada sirvió trasladarlo al hospital, ya que había perdido la vida.

    Los médicos le realizaron la autopsia, y tras varias pruebas, observaron asombrados que estaba perfectamente: ni un solo rasguño, ni golpes en la cabeza, ni problemas de salud. Más tarde, antes de comunicar el resultado, uno de los enfermeros reparó en la expresión de su rostro, que lo paralizó. Nunca les dijeron a los vecinos el verdadero resultado de la autopsia, pero la respuesta era muy simple: Félix había muerto de miedo.

    A partir de aquel día, la entrada a la vieja posada estuvo totalmente prohibida, con un cartel que decía: “PELIGRO POR DERRUMBAMIENTO”. Solo Félix conocía el verdadero peligro de aquella casa. Y ojalá que nadie más lo averiguara. Sin embargo, los espíritus que la albergaban sabían que, con el paso del tiempo, algún otro joven intrépido entraría en ella por alguna razón y entonces la leyenda volvería a salir a la luz.